¿Hasta cuándo dijo, señor doctor?
¿Será nomás como dice mi amigo Gabriel, que todo esto no es otra cosa que una nueva campaña antiargentina? ¿Será nomás? Porque si es así vamos a tener que salir a los gritos, ya no con la consigna de derechos y humanos, sino de acostados y embarbijados y recorrer las ciudades cantando “el que no salta tiene tos”, o “ni gripe ni anginas, ¡inmunodeprimidos!”.
Y eso que yo le había esquivado bastante saludablemente a esos bichos cipayos con apenas un par de días en cama, días que todavía está en discusión si fueron producto efectivamente de esos malnacidos virus o solamente una reacción involuntaria a la visita repentina de mi señora suegra, es que uno somatiza cada cosa, qué quiere que le diga. El tema es que después de esas jornadas en cama enfrenté nuevamente el diario trajín sabiéndome más fuerte, más poderoso, victorioso frente al virus, un verdadero paladín de la salubridad pública y privada, desde ese día, inmune a cualquier ataque de peste que se precie.
Y ahí nomás empezaron a caer como moscas todos los integrantes de mi familia, que primero el menor incordioso, que luego la preadolescente, o sea la mayor incordiosa y finalmente, para no ser menos, mi media naranja, que por el color y humor predominantes, más que naranja tiraba más para el lado de los limones. La cosa es que de repente me vi envuelto en un caos impensable y del que fui saliendo a duras penas y con no pocas secuelas.
O sea, fue una semana de locos, vea.
Pero como dice el viejo refrán, no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo soporte, y justo cuando uno ya pensaba que claudicaría renunciando a la paternidad, al sagrado matrimonio y hasta a la nacionalidad buscando asilo político en el primer país africano sin acuerdo de extradición con el nuestro, justo en ese momento en que las fuerzas nos abandonan y nos comienza a palpitar peligrosamente el ojo izquierdo, la madre de nuestros hijos nos dice que se siente mejor, que se va a levantar, que hasta está dispuesta a dar una vuelta por el living y ¡oh, sorpresa!, ¿qué es eso? ¿Nadie lavó los platos en una semana?
Mentira, burda mentira, que este servidor también se encargó de la loza como decía Tom, que los dioses lo tengan en la gloria.
Y uno vuelve contento al trabajo, contento de recuperar la vida común y corriente, feliz de haber rescatado la normalidad. Es que uno se conforma con poco, ¿vio? Pero nunca la dicha es mucha. Porque uno sigue siendo de carne y está visto que sabrosa para esos zocotrocos repodridos que andan dando vueltas por ahí, allá y acullá. O tal vez sólo hayan sido los que quedaron revoloteando por la casa, entre el comedor y la computadora, esperando a que yo pasara adormilado para saltarme inmisericordes a mi sistema inmunológico; el cual yo hacía tan poderoso, pero que dio muestras de la más vilipendiosa de las mediocridades, mire usted, una verdadera porquería.
Y acá estoy, otra vez arrojado a las fauces de la cama que se regocija de tenerme nuevamente abrazado y sin condena firme. De vuelta a vivir entre dos aguas, o sea a sudar frío cuando sube la fiebre y transpirar mares cuando baja; a tratar de leer pero abandonar el libro en un esfuerzo inútil o a buscar pararse y darse cuenta de que el mundo ha comenzado a girar a una velocidad desconocida y nadie nos ha avisado de semejante cambio.
Pero una vez que logramos mantener un equilibrio inestable y logramos dar los primeros pasos hasta la ventana y observar que allá afuera la vida sigue sin nosotros, nos detienen al grito de “inconsciente, ponéte el barbijo” o “volvé a la cama, ¿qué pretendés, contagiarnos a todos?” Y uno vuelve cabizbajo y meditabundo, medio tropezando con puertas y salientes de paredes -que no recordaba que estuvieran- y regresa al refugio entre las sábanas, verdaderas mazmorras de nuestra insania. Y así nos conformaremos a pasar las próximas horas, cual palestino tras la franja de almohadas, que a modo de barricada nos han impuesto estos tiempos de paranoia sin fin.
Es que pensándolo acabadamente, sin lugar a dudas mi amigo Gabriel tiene razón y esto no puede ser originado en otras manos que no sean espurias a los intereses nacionales y a los míos propios, y es por ello necesario buscar a los culpables, aunque sea para decirles que está bien, que nos rendimos, que nos digan cuánto debemos y que lo sentimos mucho. Pero otro día de barbijo no soporto más.
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Somos todos unos imbéciles
El otro día leía que la aerolínea francesa, que cuenta con más de doscientas almas en su haber –al menos en el último año-, está diciendo ahora que es muy probable que hayan estado entre la tripulación del bendito Airbus dos personas que estaban siendo investigadas por terrorismo. O sea, la mejor forma de zafar de la impericia propia o el mal estado de algún aparatejo que desplomó esa mole con alas al mar es ponerle la cola no al burro, sino a la Jihad. Pero yo me pregunto, ¿somos nosotros los pelotudos, nos tratan de pelotudos o son ellos directamente los pelotudos? Porque cuando yo subo a un avión para ir de Trelew a Buenos Aires me hacen pasar por máquinas y detectores, y si me suena la chicharra por una moneda perdida en los calcetines, me mandan a un costado con un señor con cara de pocos amigos que me mete mano hasta por donde no me toca ni mi esposa, buscando vaya uno a saber qué adminículo o arma oculta. Y si yo, un pobre cristiano, que se asusta de los fuegos artificiales, no puede entrar a un avión ni con la envoltura metálica de un par de chicles dietéticos, ¿me puede decir usted cómo mierda pueden subir a un viaje transoceánico dos tipos que las fuerzas de seguridad tienen catalogados como potencialmente peligrosos e investigados por terrorismo? ¿Eh, cómo? No les digo que somos unos imbéciles, todos…
A una amiga se le enfermó el menor de sus vástagos, dieciocho horas tuvo que esperar al médico, hasta que se cansó, levantó al pobre crío afiebrado y lo puso frente a una guardia atestada. ¿Todo por qué? Porque en esta época resfriarse o engriparse es más común que morderse la lengua, pero con esto de la gripe porcina y la declaración de la pandemia mundial a manos de los prolijos señores de la OMS, uno estornuda y ya está viendo tragedias en la puerta de la casa. ¿Y qué hace uno si se engripa? Se toma un garompol y se mete en la cama un pare de días. ¿Pero qué hace uno si todos los diarios nos muestran que allá murieron tantos, que acullá cayeron otros más y que mejor prevenir que curar, que si no es dengue es gripe porcina y si no es gripe porcina vaya uno a saber qué bicho de mierda mutante nos pescamos en el kiosco de la esquina? Minga que me meto en la cama, que después leemos que el otro tipo en Chile espichó por no ir al médico. Y leemos por otro lado que el gobierno dice justamente que si nos duele la cabeza mejor llamemos a un médico, por si las moscas. Y después es el mismo gobierno el que dice que nos pusimos todos paranoicos y que por eso se saturó el sistema sanitario y que déjense de joder, que por un resfrío no se muere nadie. Pero la puta madre, ¿quién los entiende? Será nomás que somos todos unos imbéciles.
Y veo que se me venció el maldito registro de conducir y voy a la maldita oficina de tránsito. Entro ya berreando porque me voy a tener que comer una amansadora, para después que me saquen fotos, plata y paciencia. Y encima seguro voy a tener que volver a rendir el fucking examen teórico y después el práctico, soportando a un aburrido inspector que me tome examen de cómo manejo, a mí, que manejo hace veinticinco años. Y la concha de la lora.
Y no, que sólo me tengo que comer una cola en el banco para depositar diez pesos pedorros, pedir un certificado de no sé qué miércoles de antecedentes y listo. Mañana me da el nuevo registro.
Pero… ¿Cómo esto? ¿Entonces para que recontra carajos tiene vencimiento el registro sino te toman examen, no te miran los ojos, ni si quiera el culo? ¿Eh? ¿Para qué? Porque si al final era que les depositara diez pesos y garpara treinta el nuevo plástico, que me manden la factura a casa y no me jodan la vida.
Es que definitivamente debemos ser unos verdaderos imbéciles. De cuerpo y alma.
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Richelieu era un tipo muy quisquilloso

Antes de empezar con una nueva historia curiosa, me gustaría proponerles un pequeño juego mental. ¿Se animan? Bueno, tampoco es para tanto, no se me vayan, que es sólo imaginar una situación. Supongamos que corren los siglos dorados del Renacimiento, allá por los mil seiscientos y algo, apartemos un poco el desagradable olor que seguramente envolvía todas las ciudades, que ya tendremos de qué espantarnos. Es más o menos la hora de la cena y nosotros somos parte, afortunadamente, de la corte del palacio. Digo afortunadamente, porque si nos imaginamos sólo pueblo raso, tal vez este juego sería bastante deprimente.
Así que estamos ya emperifollados y dirigiéndonos a la gran mesa plagada de exquisiteces, justamente, palaciegas. No sentamos lo más lejos de ese que sabemos que no se baña desde hace mes y medio (nosotros somos limpitos y lo hacemos dos veces por mes) y le encaramos a ese pato relleno antes que se espabile nuestro compañero ocasional. Después vendrán algunas ensaladas, tal vez sopa, algo de puré de esos tubérculos que los españoles trajeron del Nuevo Mundo y más tarde confituras y postres. A este ritmo ya debemos haber engrosado unos seis o siete centímetros nuestra cintura. Pero no se preocupen, acuérdense que esto solo es un juego. Llegó la hora de la amena conversación de sobremesa, giramos la mirada y qué nos encontramos, un patán con el morro engrasado y muy molesto con ese nervio de pollo atravesado entre dos muelas, que trata de extraer con un largo cuchillo de punta afilada. Pero qué tipo desconsiderado, estamos a punto de comentárselo a nuestro compañero de la derecha, pero vemos que está en la misma actividad, pero un poco más concentrado, los ojos cerrados, el ceño fruncido y una mano estrangulando involuntariamente a un sirviente. Díganme si no es una imagen sin lugar a dudas desagradable, ¿no?
Bueno, ¿vieron los cuchillos de punta redondeada que todos tenemos en nuestras cocinas? ¿Me creerían si le digo que esa imagen del juego anterior tiene mucho que ver con la existencia de este tipo de utensilios? Es que en un año cercano a nuestra cena de pato relleno, en Francia, vivía el cardenal Richelieu, que parece ser que entre sus virtudes no se contaba justamente la paciencia, es más, era bien conocido como un comensal altamente quisquilloso, que no toleraba la menor trasgresión al decoro. Se sabe que una noche le reprochó a un comensal que usara la punta del cuchillo como escarbadientes, lo que no se sabe es cómo terminó el desafortunado comensal. Pero el célebre cardenal no se contentó con una simple admonición, al día siguiente ordenó a un mayordomo que, a fuerza de lima, redondeara la punta de todos los cuchillos del palacio. Con el tiempo la innovación de Richelieu se expandió a toda Francia y la mayor parte del mundo occidental. Ya para el siglo diecinueve la mayoría de la gente “bien educada” tenía grandes dificultades para lancear a los esquivos porotos con los nuevos cuchillos romos.
Así que ya saben, cuando se encuentren en un restaurante y se estén peleando con esos cuchillos sin filo ni punta, antes de reclamarle al mozo uno nuevo, pueden mentar a la familia del cardenal y a su visionaria obra de buenas costumbres.
Y hablando de comidas, qué mejor que hacer ejercicios para bajar esa pancita, ¿o vamos a esperar hasta la primavera para aprovechar sin culpa las lentejas de junio? Aunque hacer ejercicios es una cosa y lo que pretenden estos muchachos va un poco más allá de bajar algunos kilitos.
Un sitio de internet aseguraba que si 600 millones de personas saltaban al mismo tiempo, nuestro planeta cambiaría su órbita y se solucionaría el problema del calentamiento global. Así es señoras, señores, la idea era ponerse el joguing y esperar la voz de “¡Ahura!” para pegar el saltito. Los creadores del sitio World Jump Day explicaban que un cambio en la posición del planeta podría detener el calentamiento global, extender las horas de luz solar y crear un clima más benévolo y homogéneo en todo el mundo. Vale decir que las intenciones eran buenas... Y para lograr ese cambio, lanzaron una iniciativa para reclutar a 600 millones de seres humanos que dieran un salto al mismo tiempo para modificar la órbita terrestre.
Para demostrar que no eran unos desorganizados programaron con exactitud la fecha, el 20 de junio del 2006; la hora del salto, obviamente, dependería de la región donde se encontrara la persona que fuera a saltar. Hasta tenían en el sitio una herramienta que permitía saber a la hora exacta en que había que saltar en cada zona para lograr cambiar la órbita del planeta. Cuando me enteré, lo único que realmente me preocupaba es que hubieran hecho mal los cálculos y si saltaban muy fuerte, mandaran todo el mundo al mismísimo carajo. Pero, ya pasó casi un año y todavía no se pudieron ver los efectos de tan magnánimo proyecto, aunque pensándolo bien, con el frío polar de estos días, algo con el calentamiento global deben haber logrado, ¿no?
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Esos veinticuatro segundos dichosos

Ya pasó un montón de tiempo, pero mejor lo escribo ahora ante el temor de olvidarlo de nuevo. ¿Se acuerdan de aquella entrada de los avestruces? Un prestigioso lector de esta humilde columna, Roy Centeno, me señaló el significado de dónde proviene la creencia que el avestruz entierre la cabeza ante los peligros. Según Roy, la forma de cazar a las avestruces es con boleadoras o armas similares, entonces, si el animalejo corre y la enganchan de un tiro, el artilugio se le embarulla en las patas y chau picho, caen como mosquitos. Pero la naruraleza es sabia, a pesar del ornitorrinco, y le enseñó a la avestruz que si cuando ve venir una boleadora baja la cabeza, la misma se enredará en tres puntos, las dos patas y el cuello, y cuando vuelva a levantar la frente se pueda desatar facilmente y poder escapar de la parada. Como explicación, está buena, la fuente es un pensador irrefutable, y yo no disponía de nada mejor, asi que por la presente se expende el siguiente certificado de autenticidad y se corrije la primera emisión de este folletín. Ahora pasemos a lo nuevo.
Desde que llegué a Madryn -porque vivo en Madryn, para aquellos lectores que lo desconocían- noté la gran afición al deporte que tiene la ciudad, buceo, natación, atletismo, fútbol, básquet; por todos lados y a todas horas se puede respirar el espíritu olímpico. Pero especialmente me llamó la atención la masividad del deporte de los dos aros, ya que no era una disciplina muy cercana a mi. Al tiempo fui conociéndolo y comprendiéndolo mejor. Pero todavía me quedaba una duda. ¿Vieron el reloj de los 24 segundos? Es lógica su función, hay que tirar al aro antes que transcurran los mismos, sino sería medio un plomazo cada partido, pero... ¿Por qué 24 segundos y no 25, ó 30 ó tal vez 26? Esas preguntas que uno se hace justo antes de dormirse y no lo dejan conciliar el sueño? Veamos si esta explicación satisface nuestra inagotable sed de información.
Allá por 1954 Danny Biasone, recién comprador del equipo Syracuse Nationals,viendo el plantón que era ver al grandote que no largaba la pelota se le ocurrió lo del tiempo límite y desarrolló el reloj que luego se impondría a toda la Liga Nacional de Baloncesto. Parece que este buen señor sacó lápiz y papel y calculó que en cada partido se hacían, promedio, 120 tiros al aro, por otro lado los partidos de la liga duraban 48 minutos, o sea, 2.880 segundos, por lo tanto, después de una simple división, dedujo que se hacía un tiro cada 24 segundos. ¡Voilá! Ya tenemos nuestros 24 segundos. Pero muchos de ustedes, más conocedores de este deporte que este servidor me dirán, “¡Ma´ que 120 tiros! Si hay muchísimos más por partido”. Lo mismo pensé yo, que Danny la había pifiado feo en el cálculo, pero parece que no, lo que pasa es que después de la implementación del reloj, los partidos se hicieron mucho más ágiles, lográndose muchísmos más tiros por partido que antes. ¡Tomá mate!
Y a falta de bizcochos le doy a estas castañas de cajú que me encantan. El problema es que son un tanto onerosas, los maníes son mucho más baratos, pero esos hay que acompañarlos con cerveza, el mate no les sienta del todo. ¿Y por qué serán más caras las castañas de cajú que los maníes? Al final son todas frutas secas dirá algún despistado, y a ese despistado se le podrá contestar que nones, que las castañas de cajú no son frutas secas, por más secas que parezcan. Son semillas. Son semillas de una fruta que tiene forma parecida a la pera, el “anacardo”, que también es comestible. Esta fruta crece en arbustos tropicales, en países tropicales, o sea bastante lejos de estas tierras. Además cada fruta tiene una sola semilla, lo que sumado a la distancia viene a explicar un poco el precio de estas frutas secas, perdón, semillas. Y ahora que sé que la castaña de cajú es una semilla entiendo porque nunca había conseguido que me la vendieran con cáscara.
No diga que no he abultado su bagaje cultural para lograr ser el centro de atención de la próxima comilona familiar; ya no va a ser falta que ahogue con altos porcentajes etílicos su sangre para destacar en las reuniones, no sea tímido y encare a ese grupo de señoritas a la voz de "a que no saben quién inventó los 24 segundos en el basquet", tiene el éxito asegurado. O mejor espere a un día de lluvia, que estas historias son siempre más eficientes bajo las nubes encapotadas.
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Los mil y un usos de un barómetro

¿Creían que se habían librado de mí? Nones, se acabaron mis vacaciones y vuelvo a traerles algunas curiosidades perdidas en la interné.
De mis vicios, el café es el más inocente, aunque si hubiera vivido en tiempos del rey Gustavo III de Suecia tal vez no hubiera sido tan simple.
Parece ser que la realeza trae aparejada una cierta especie de paranoia congénita y uno, si tiene sangre azul, empieza a buscar conspiraciones y dagas escondidas entre todas las cortinas. Como el caso de este sueco loco, que estaba convencido de que el café era un veneno. Pero el bueno de Gustavo III de Suecia no se conformó con no tomarlo, sino que para demostrar su vaga intuición, ordenó a un reo tomar café todos los días y a otro tomar té. No me hagan hablar de la corrección ética del rubio monarca, que por creer veneno el café mandaba tomar todos los días a un reo del brebaje, porque seguro me salen con lo de ver la historia con el cristal de cada tiempo y no quisiera entrar en discusiones inútiles.
La cosa es que el experimento palaciego, que fue seguido por una comisión médica, fue un fracaso. Veamos cuál fue el orden de entradas al cementerio de la ciudadela: los primeros en morir fueron los médicos, después el rey, muchos años más tarde el condenado a beber té y por último el bebedor de café. Eso sí, el reo se mantuvo muchísimo más despierto que el resto.
Y hablando de historiedades, alguien de por acá tiene la más pálida idea de por qué se le dice Papa al Sumo Pontífice de la Iglesia Católica? Los que lo saben, pasen a la izquierda que se les convidará con unos refrigerios mientras los que no los saben acompáñenme que la historia, aunque corta, es interesante.
La palabra “Papa” no figura en ningún documento eclesiástico anterior a 1900 y no es una palabra propiamente dicha, es una sigla. Precisamente en 1908, Urbano II ordenó que se designara de esa forma a los pontífices, y la palabra corresponde a las iniciales de Pedro Apóstol Pontífice y Augusto.
Los que fueron a tomar el refrigerio pueden volver porque retomamos el espíritu académico del comienzo, porque vamos a transcribir aquí un recuerdo del presidente de la Sociedad Real Británica y Premio Nóbel de Química en 1908, Sir Ernest Rutherford, quien contaba la siguiente anécdota:
“Hace algún tiempo, recibí la llamada de un colega. Estaba a punto de poner un cero a un estudiante por la respuesta que había dado en un problema de física, pese a que éste afirmaba rotundamente que su respuesta era absolutamente acertada. Profesores y estudiantes acordaron pedir arbitraje de alguien imparcial y fui elegido yo.
Leí la pregunta del examen y decía: demuestre cómo es posible determinar la altura de un edificio con la ayuda de un barómetro. El estudiante había respondido: llevo el barómetro a la azotea del edificio y le ato una cuerda muy larga. Lo descuelgo hasta la base del edificio, marco y mido. La longitud de la cuerda es igual a la longitud del edificio.
Realmente, el estudiante había planteado un serio problema con la resolución del ejercicio, porque había respondido a la pregunta correcta y completamente.
Por otro lado, si se le concedía la máxima puntuación, podría alterar el promedio de su año de estudio, obtener una nota mas alta y así certificar su alto nivel en física; pero la respuesta no confirmaba que el estudiante tuviera ese nivel.
Sugerí que se le diera al alumno otra oportunidad. Le concedí seis minutos para que me respondiera la misma pregunta pero esta vez con la advertencia de que en la respuesta debía demostrar sus conocimientos de física.
Habían pasado cinco minutos y el estudiante no había escrito nada. Le pregunté si deseaba marcharse, pero me contestó que tenía muchas respuestas al problema. Su dificultad era elegir la mejor de todas. Me excusé por interrumpirle y le rogué que continuara.
En el minuto que le quedaba escribió la siguiente respuesta: tomo el barómetro y lo lanzo al suelo desde la azotea del edificio, calculo el tiempo de caída con un cronometro. Después se aplica la formula altura = 0,5 por A por t^2. Y así obtenemos la altura del edificio.
En este punto le pregunté a mi colega si el estudiante se podía retirar. Le dio la nota más alta.
Tras abandonar el despacho, me reencontré con el estudiante y le pedí que me contara sus otras respuestas a la pregunta. Bueno, respondió, hay muchas maneras, por ejemplo, tomas el barómetro en un día soleado y mides la altura del barómetro y la longitud de su sombra. Si medimos a continuación la longitud de la sombra del edificio y aplicamos una simple proporción, obtendremos también la altura del edificio.
Perfecto, le dije, ¿y de otra manera?. Sí, contestó, éste es un procedimiento muy básico para medir un edificio, pero también sirve. En este método, tomas el barómetro y te sitúas en las escaleras del edificio en la planta baja. Según subes las escaleras, vas marcando la altura del barómetro y cuentas el número de marcas hasta la azotea. Multiplicas al final la altura del barómetro por el número de marcas que has hecho y ya tienes la altura.
Este es un método muy directo. Por supuesto, si lo que quiere es un procedimiento mas sofisticado, puede atar el barómetro a una cuerda y moverlo como si fuera un péndulo. Si calculamos que cuando el barómetro está a la altura de la azotea la gravedad es cero y si tenemos en cuenta la medida de la aceleración de la gravedad al descender el barómetro en trayectoria circular al pasar por la perpendicular del edificio, de la diferencia de estos valores, y aplicando una sencilla fórmula trigonométrica, podríamos calcular, sin duda, la altura del edificio.
En fin, concluyó, existen otras muchas maneras. Probablemente, la mejor sea tomar el barómetro y golpear con el la puerta de la casa del portero. Cuando abra, decirle: "Señor portero, aquí tengo un bonito barómetro. Si usted me dice la altura de este edificio, se lo regalo".
En este momento de la conversación, le pregunté si no conocía la respuesta convencional al problema (la diferencia de presión marcada por un barómetro en dos lugares diferentes nos proporciona la diferencia de altura entre ambos lugares) evidentemente, dijo que la conocía, pero que durante sus estudios, sus profesores habían intentado enseñarle a pensar.
El estudiante se llamaba Niels Bohr, físico danés, premio Nóbel de física en 1922, más conocido por ser el primero en proponer el modelo de átomo con protones y neutrones y los electrones que lo rodeaban. Fue fundamentalmente un innovador de la teoría cuántica.
En este punto sería el momento ideal para insertar la moraleja edificante afirmando que es más importante pensar que memorizar, pero, ustedes saben, que lo mío nunca fue muy onda Esopo, así que ya saben, si ven a alguien con un barómetro en una terraza, guarda la pelada.
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Entre Mc Donalds, IBM y la caida del pelo

Hay días en que las musas juegan a las escondidas y nos dejan de garpe frente a la pantalla o al papel, como si fuéramos extraños parias sin derecho a la inspiración.
Son esos días en que hay que recurrir a la violencia física para desgranar aunque sea dos caracteres seguidos con cierto sentido.
Aunque más que la violencia física, que no habiendo nadie cerca me tendría que infringir a mí mismo, y no soy muy dado al masoquismo, mejor sería una buena hamburguesa, ya que yo me inspiro con más de 200 calorías en el cuerpo. Hace ya varios años yo vivía en Buenos Aires, en estos casos todo era mucho más simple, salía a buscar el primer Mc Donalds y me pedía un combo gigante (si 200 calorías traían ideas, bajo la regla de la proprocionalidad, 800 debían ser una explosión de creatividad). Y cada vez que me enfrentaba a uno de esas cajeras sonrientes, apostaba mentalmente si esa vez podría engancharlas en un desliz marquetinero, pero nunca, nunca se equivocaron. Pucha con el lavado de cerebro de las grandes multinacionales. Hagan la prueba y fíjense si cuando les entregan el pedido la “M” de Mc Donalds está mirando hacia usted. Si no lo está, les pido un favor personal, regístrenlo graficamente, a falta de cámara fotográfica les acepto un bosquejo en una servilleta.
Y hablando de letras y sobre algo mucho más accesible por estas tierras tan alejadas de la mano, no ya del Señor, sino de las grandes cadenas de fast-food, les propongo un pequeño desafío, ¿a ver cuánto tarda en averiguar cuál es la única letra que no figura en una tabla periódica?. Dele, yo los espero, busquen una tabla periódica en alguna página de internet y díganme sus tiempos.
...
¿Ya está? ¿No? ¿Ni siquiera buscaron un mísero sitio? Claro, total, si yo se lo voy a decir en el siguiente párrafo, ¿no? Bueno, sí, para eso estoy acá. La única letra que no figura en la tabla periódica es la “J”. Justo la “J” que es la inicial de mi nombre, ¿será que no existe ningún elemento Javierilio, o Jardón. No sé, tal vez estemos en presencia de una conspiración internacional o de algún mensaje oculto de la naturaleza. Por si acaso mejor cambiemos de tema porque pueden estar leyéndonos.
Es más, mejor cambiemos radicalmente de tema, no vaya a ser cosa.
Cuenta la leyenda que Stanlin Kubrick, cuando estaba filmando su antológica "2001, Odisea del Espacio" quiso usar a IBM, la marca de la computadora más famosa del momento, para darle nombre a la acompañante de su protagonista en el viaje interestelar. Si alguien recuerda el film, se trataba de la mala de la película, mala, malísima, se volvía loca, cerraba y abría puertas, parecía una especie de Linda Blair de "El Exorcista" pero sin tanto vómito verde, pero con muchos más transistores. La cosa es que IBM no quería saber nada que su marca se relacione con una computadora que se volvía loca en cualquier momento (Bill Gates no fue tan escrupuloso e inventó Windows) así que prohibió que usaran su nombre en la película. Kubrick se encaprichó mal con el tema y finalmente tuvo que ponerle HAL a la computadora, que no es más que las letras inmediatamente anteriores a las que forman la palabra IBM.
Bueno, parece que tan mal no viene la cosa, al final salieron un par de anécdotas que pueden servirles para cualquier ocasión, inclusive para unos quince minutos de fama en el próximo cumpleaños de quince al cual sean invitados. ¿Eh? ¿Que quince minutos es muy pichulero? A ver si llegamos a media hora con ésta...
Leí por algún lado que cada año, el 98% de los átomos del cuerpo humano son sustituidos. Me quiero imaginar que son sustituidos por otros átomos de mi cuerpo. O sea, ¿o van cambiando de lugar y donde el año pasado tenía un pie hoy tengo el hígado?, ¿o dónde tenía la arteria femoral ahora están los molares superiores; o directamente soy otro?. ¿O sería algo así como que cada año renovamos todo nuestro parque automotor? Me gusta más la primera opción, prefiero estar todo mezclado que tener átomos ajenos y los propios dando vuelta por ahí.
Otra del cuerpo humano: ¿sabían que el cabello crece mas rápido durante la noche, y perdemos en promedio 100 pelos por día? Menos mal que hablan de promedio, porque me miro todas las mañanas y no me la creo esa de los 100 por día, me parece que en la curva de ese promedio yo salí perdiendo.
Bueno, ya está, lograron deprimirme, cada vez que hablan de mi pelo me pongo así. No, no, ya es tarde, no me vengan ahora que los pelados son más viriles, que parecen más inteligentes y que lo que pasa es que la creatividad recalienta las raíces capilares, me sé todos esos cuentos y no sirven de nada cuando en los picados de fútbol te gritan: “¡Ey, pasala Pelado!
¿Encima quieren que siga escribiendo? Ok, pero conste que lo hago contra mi voluntad, en total desacuerdo, y como señal de protesta le voy a tirar dos datos tan pusilánimes que cuando los cuenten en ese cumpleaños de quince todo lo trabajado hasta ese momento se va a diluir en un abucheo generalizado. No quiero quejas después.
Primero: Las ovejas no beben agua en movimiento. Jeh... ¿Pensaban que era broma lo mío? No, no, cuando me enojo puedo ser peligroso. Ahora digo yo, ¿será que no pueden tomar agua cuando viajan en tren o cuando están caminando?
Segundo: Los ojos de un hámster pueden salirse de sus orbitas si lo cuelgan cabeza abajo. Si fuera un poquitín sádico ya saldría a la primera veterinaria para comprobarlo, pero no se preocupen, no lo soy. Pero recuerden en contar esta curiosidad al final de la noche, puede llegar a salvar la velada cuando tres borrachos empiecen a buscar en la pieza de los chicos a ese ratoncito que tenía la Mariela en la pecera de vidrio, y toda la fiesta se desmadre en una orgía de desaforados con hamsters colgando cabeza abajo.
Que los disfruten en su próxima fiesta en un día de lluvia, yo me voy llorando bajito por mi melena perdida.
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Todos podemos ser Einstein por un día

Internet es mi segunda mujer, circunstancia que no hace sonreir mucho a la primera, por cierto. A más de uno de ustedes les debe pasar algo similar, a veces estoy más tiempo saltando de una página a otra que durmiendo, pero bueno, que hay tareas más ingratas, como ser voceros de George Bush, por ejemplo.
El otro día, mientras revisaba unos viejos apuntes de la historia de Internet y de cómo fue creada me di cuenta que por ningún lado figuraba de dónde habían sacado el nombre, aunque no faltará quien me diga que no gastaron muchas neuronas al generarlo, que con la palabra “internacional” y la palabra “net” (red en inglés) se caía de maduro. Pero hoy voy a proponer otra posibilidad, posibilidad que hasta que no me llame por teléfono un responsable del gobierno americano con cargo en la secretaría de comunicaciones y con título al menos de licenciado, voy a seguir creyendo.
Remontémonos varios años en la historia. Hacia mediados de los ´50 y principios de los ´60, muchísimo antes que una red que conecte a todo el mundo sea siquiera imaginada, y mucho antes también que la red ARPAnet fuera desarrollada por el ejército de la Estados Unidos en 1969, existía en Buenos Aires algo que bien puede ser considerado con derechos legales sobre este descubrimiento. Sí, acá en Argentina, de donde es originario el dulce de leche, los colectivos, la birome, las huellas dactilares y Maradona.
Como decía, por esos años existía en Buenos Aires una marca de medias de mujer que se fabricaba y vendía en nuestro país, cuando estaban de moda aquellas medias de red, de nombre “Internet”. Me encantaría saber si alguna lectora memoriosa las recuerda y si puede apoyar mi suposición. Si es así, tenemos un futuro promisorio de juicios ganados por delante.
Sigamos en el entorno informático, un nuevo dilema, ¿alguien sabe por qué los CDs, o discos compactos, si se quiere, duran exactamente 74 minutos? Seamos sinceros, es una cifra bastante caprichosa, ni 75 ni 70, 74 minutos. Luego de buscar y perder tiempo inutilmente (por cierto, menos de 74 minutos) di con una respuesta, que por lo descabellada me parece la más atinada. Los CDs duran esta cantidad de tiempo, porque es la duración exacta de la novena sinfonía de Beethoven interpretada perfectamente según los canones. Si dura más o menos está mal interpretada. Tomá mate.
Y mientras topman mate, los acompaño con esta pequeña anécdota de Einstein, que para algo puse ese título. Allá por lo años 20, al poco tiempo de haber publicado Albert Einstein su primer trabajo sobre la teoría de la relatividad, empezó a hacerse famoso en toda Europa y era con frecuencia solicitado por las universidades para dar conferencias sobre ella. Dado que no le gustaba conducir y sin embargo el coche le resultaba muy cómodo para sus desplazamientos, pusieron a su disposición un auto con chofer para que se trasladase a estas universidades. Obviamente en todas tuvo tremendo éxito. Pero si bien los aplausos era atronadores al cierre de sus disertaciones, debido a lo novedoso y difícil del tema, en ningún lugar se atrevían a realizar ni una pregunta.
Y así pasaron los días, Einstein y su chofer recorriendo universidades; el chofer siempre sentado en la última fila, escuchando atentamente la exposición del profesor. Después de algunos meses, al ver que Einstein se notaba cansado y un poco aburrido de repetir siempre las mismas palabras, el chofer le dijo a Einstein: "Profesor, le quiero proponer un trato. Yo no entiendo ni una palabra de lo que usted dice en sus conferencias, pero tengo una excelentísima memoria, y recuerdo palabra por palabra de su exposición, incluyendo todas las fórmulas. Además me imagino que usted estará cansado de repetir siempre lo mismo y que nadie le hace preguntas. Por otro lado, a mí, como pobre chofer, jamás nadie me aplaudió, y entonces le propongo que cambiemos nuestros roles, yo doy la conferencia, total nadie hace preguntas, mientras usted descansa y puede meditar sobre otros problemas".
Einstein lo pensó un poco y finalmente autorizó al chofer a que dé la conferencia, verificó que efectivamente la pudiera dar sin un solo error, y accedió al pedido. El chofer se dejó crecer un poco el pelo para parecerse más a Einstein, el profesor se puso el traje azul oscuro y el gorro del chofer y comenzaron la experiencia.
El chofer dió perfectamente la conferencia, siempre coronada con grandes aplausos, mientras Einstein se sentó en la última fila, fumando pipa y descansando.
Todo iba perfecto, sin ninguna pregunta, hasta que llegaron a una universidad de Baviera. Cuando el chofer terminó la charla, y ya los asistentes están comenzando a aplaudir, del fondo de la sala se escuchó una voz que dijo: "Dr. Einstein: yo no comprendí todo lo que usted dijo y quisiera que me explique con detalle el significado de los términos de la ecuación número 3, que todavía se puede ver arriba a la izquierda del pìzarrón".
Fueron unos segundos de hondo dramatismo, como diría un comentarista televisivo de películas mexicanas, el chofer titubeó un solo instante, imperceptible para el público, y enseguida replicó: "Mi querido profesor, me extraña que usted me haga esta pregunta. Lo que usted quiere saber, en realidad lo sabe cualquier persona. Es más, hasta mi chofer aquí presente se lo podrá explicar".
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